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Experiencia con lentes de una visitante en el Museo Nacional

 


Experiencia con lentes de una visitante
en el Museo Nacional


Una visitante decide entrar al Museo Nacional con un objetivo muy particular en mente. Desea observar y sentir algunas de las obras y actos icónicos de tres mujeres artistas colombianas. No cuenta con mucho tiempo, debido al cronograma laboral estricto de la cuidad; sin embargo, va con una idea fija dentro de su cabeza: quiere sentir, de la manera más cercana posible, lo que sea que pueda llegar a sentir con las obras que desea ver. Claramente, ya tiene en mente qué quiere ver y en qué orden: primero, quiere contemplar un cuadro hecho por Beatriz Daza en los setenta; segundo, una de las camas de la enigmática Feliza Bursztyn y, por último, el video de uno de los performance hechos por María Teresa Hincapié. Quiere conocer de manera cercana algunas de las mujeres lejanas que admira.

Cronológicamente, la primera obra de las tres escogidas es La jarra incrustada en mi memoria, que se encuentra sobre una pared de la sala de modernidades del Museo. Este es un cuadro con un marco de madera compuesto por pintura y distintos relieves hechos con fragmentos de vasijas rotas. La forma de jarra de dos de los pedazos de color blanco le hace recordar a la visitante los recipientes usados en la cotidianidad de su hogar, dentro del calor de su cocina o el comedor de su acogedora casa. De la misma manera, la mayoría de los pedazos tiene colores tierra y cálidos, de los cuales deduce que los objetos rotos provienen de un hogar acomodado (no en todas las casas de la época había la posibilidad de tener y usar este tipo de utensilios –piensa–). Lo más resaltable aquí es que no son vasijas antiguas presentadas en sí mismas como una obra de arte, sino que son vasijas rotas y dañadas que fueron transformadas para construir un nuevo significado y crear una obra de arte. Un objeto que aparentemente ya no tiene utilidad (por causa de un descontento o un simple error) es transformado por Daza en algo nuevo y novedoso para la época. Esta obra le evoca a la visitante un recuerdo, la memoria de un suceso acontecido dentro de un hogar. Esta idea queda rondando en su cabeza mientras se da cuenta de que las luces de la sala logran que, mientras que observa el cuadro con detenimiento, pueda ver un complemento al conjunto de sus pensamientos alrededor de lo llamado íntimo y personal: su misma sombra que se sobrepone al relieve del cuadro que mira.

A algunos pasos y en el fondo de la misma sala se encuentra una de las camas de Bursztyn hechas con chatarra. Esta cama, desde el momento en el que se reúne un público curioso a su rededor, comienza a moverse y a emitir un sonido constante. Estos incentivos sensoriales automáticamente causan reacciones y emociones en los visitantes atentos o desprevenidos. Generalmente, se experimenta primero un pequeño sobresalto o una extrañeza al encontrar una pieza en movimiento dentro del Museo. Esta obra suscita en la visitante algunas preguntas sobre lo que es considerado escultura y el material que se usa para crear este tipo de piezas. Entre más se concentra en el movimiento envolvente de la obra, más fácil le resulta percibir el sonido que eventualmente acompaña los movimientos de esta cama, en este caso, Mi nena de Toño Fuentes que resuena en la sección musical de la exposición. El movimiento de la cama empieza a sincronizarse con el ritmo de la música y, cada vez que el sensor de la escultura recibe la orden mecánica de detenerse, a la visitante le parecen los segundos de descanso y conciencia de la pareja que disfruta debajo de la costosa sabana de satín. Aquí, de nuevo, llega un sentimiento de cotidianidad y privacidad del hogar y, así como en la obra anterior, la mujer siente una energía disruptiva cuando es consciente en lo público de que se halla ante representación de algo que le parece muy privado.

Ya no le queda mucho tiempo, pero está segura de que alcanzará a ver el performance que le falta. Esta obra llamó su atención desde la primera vez que la vio en el Museo, se trata de la serie 1 de 10 llamada Vitrina, en donde María Teresa Hincapié decide ponerse en la piel de una empleada del servicio de un local en la carrera séptima y llena una vitrina de periódicos para luego hacerles huecos y finalmente limpiar el vidrio arrancando los periódicos. Termina de limpiar la vitrina, se pone un labial rojo, con el cual deja marcas de besos repetidamente con formas de líneas. Luego de que se siente satisfecha con el número de marcas, se detiene y empieza a limpiar uno a uno cada beso con firmeza y dedicación. Usa un limpiador local y un pedazo de papel que reutiliza hasta más no poder. Le parece bella, empedernida con su trabajo y comprometida con lo que hace. Allí recuerda que le quedan solo unos cuantos minutos y, en vez de darle vueltas al significado de las acciones de Hincapié, como artista o como empleada, su atención se fija en el sonido que viene de atrás, desde una pantalla que recuenta los acontecimientos del primer voto femenino en el plebiscito de 1957. En ese momento mira el reloj y se da cuenta de que debe irse.

Así, sale de la sala Hacer Sociedad con pensamientos encontrados y unas ganas inmensas de conocer más de estas tres artistas en el mes dedicado a mujeres colombianas como ellas y como ella.

Crónica Por Diana Barbosa



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Información para prensa:
Claudia Hurtado

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